La vida es una oportunidad, APROVÉCHALA... La vida es belleza, ADMÍRALA

Teresa de Calcuta

La vida es un sueño, HAZLO REALIDAD... La vida es un reto, AFRÓNTALO

Teresa de Calcuta

La vida es tristeza, SUPÉRALA... La vida es amor, GÓZALO

Teresa de Calcuta

La vida es una tragedia, DOMÍNALA... La vida es un misterio, DESCÚBRELO

Teresa de Calcuta

La vida es aventura, VÍVELA... La vida es felicidad, MERÉCELA

Teresa de Calcuta

Redes...

¿Por qué escribo?

No sé si alguna vez me he hecho la pregunta de por qué escribo. Sé que al escribir respondo a un deseo que me surgió hace mucho tiempo. Sé que lo hago por pura necesidad. Pero creo que nunca me pregunté de dónde procede esa sed que me desborda en palabras. La fuente la intuyo, el origen de la sed no.

Puede que hoy necesite hacerme esa pregunta porque he encontrado la respuesta. Me ha venido de la mano de Rafa Sánchez, cantautor y poeta entre otras cosas. Me salió al paso sin quererlo, sin pretenderlo, sin buscarlo. Como la mayoría de las cosas importantes que me han sucedido. Una vez más ha sido otro quien me ha llevado de la mano hacia mi propio fondo para deshacer el camino.

Un libro de poemas: SED. Y una introducción del autor que me ha desnudado, como hace el viento de otoño con los árboles dóciles. Un libro pequeño que promete largos paseos por mi alma inquieta. Pequeños poemas que me acercarán al misterio propio –lo sé-. Al misterio de los demás. Al misterio de Dios, que sale al encuentro de toda búsqueda sincera.

El libro parece lleno de respuestas. Pero no lo son. Es fácil intuirlo. Son más bien pequeños senderos que llevan hacia el borde del camino que hayas decidido hacer con esos versos. Y desde allí saltar, o no, hacia la pregunta que espera ser nombrada. Saltar al precipicio de la sed. Y descubrir durante el descenso que la existencia es simple. Que en la pregunta adecuada está la respuesta. Que somos fuentes. Y que lo que llamamos sed, en verdad, es el eco del canturreo de nuestros afluentes interiores.

Introducción


“Escribo porque escucho. Cada poema nace de un lugar. A veces, de un campo de batalla en el que peleas por la verdad más pura, la que sabes que no existe o no alcanzas a acoger. En otras ocasiones, el poema acontece por la rendición absoluta de tus ojos. Callas, te borras, desapareces sin gastar un gramos de voluntad en ello, solo entregas lo que eres, y en ti se inaugura una concavidad que espera y se demora; se condensa en humedad y se hace fuente. Recibes las palabras y la imagen que contiene, o al revés, una imagen respira las palabras que la fundan.

Escribo porque escucho. Nunca me siento tan desnudo como cuando intento acercarme a la orilla del misterio en un asomarme sin ganancia, sabiendo que no abarco la indescifrable causa que hila todo, ni la entiendo. Nadie puede, pero ahí y solo ahí la realidad se hace susurro y una voz, muy dentro de mí, me convoca en una escucha que da luz como un relámpago imposible pero cierto a la palabra.

Escribo pero escucho. Cuanto más consciente soy de mis contradicciones, más amo la verdad. Sé de la honestidad de ese amor porque me lleva a la intemperie y al silencio, a una inseguridad que me obliga a atender a lo naciente, a lo que viene aconteciendo en cada instante sin nada que amarrar pues todo fluye. El vértigo, la vulnerabilidad y la duda fecundan un sí que va a mi boca y a mis dedos.

Creo que escribir poesía es esperar. Pero hay muchos modos de esperar. Intuyo que solo si la espera va de la mano del vacío y la espaciosidad, se hace el milagro. El honesto y entregado vacío de no buscar nada porque todo es. Seguir el hilo de la desnudez más pura, habitar lo íntimo que late en todo y dejar de decir a las cosas lo que son para poder escuchar lo que las cosas tienen que decirnos y resonar con ellas. Apostarlo todo a experimentar, aunque solo sea un segundo, el asombre de estar.

Me gusta sentir que estos poemas son abiertos e inconclusos y que son invitación a la co-creación, porque creo que es así como vivimos, co-creando con la realidad, el misterio, la belleza y lo que acontece en la cotidianidad de nuestras vidas.

Tengo sed de esto que he escrito y de que se haga vida en mí. Por eso mi sed de dejar de tener sed." 

Apuntes para una canción


Deshilachando versos que sueñan con acordes 
que un día serán canción. 

 

Quién no tiene sueños antiguos 

y sueños nuevos guardados en el cajón.

Quién no tiene las puntas de las alas 
rasgadas de volar demasiado a ras del suelo.
Quién no desea, en el fondo, desnudarse de cotidianos 
y vestirse de encuentros que hacen vivir a fondo.
Quién no siente que se acumulan los errores 
pero no puede evitar salir al encuentro de abrazos que sanan.
Quién no ha pensado que amar es una apuesta difícil de ganar
pero irremediablemente no se rinde.
Quién no lleva a cuestas un saco roto lleno de buenos recuerdos
que van sembrando, sin quererlo, ambas orillas del camino. 
Quién no lleva a cuestas heridas que deshojan como un otoño
y que suspiran como olas en busca de una orilla de consuelos. 
Quién no tiene en su hogar interior una chimenea de emociones 
con ascuas de nombres propios que infunden calor.
Quién no tiene algo que olvidar... 
y más de un recuerdo eterno.
Quién no tiene escondido un ramillete de lágrimas marchitas
que saben llorar de rabia, de dolor, de alegría, de amor.
Quién no ha perdido la mirada en el horizonte de otra mirada
y ha encontrado senderos nuevos por recorrer.
Quién no ha sido arropado por el calor de un amigo 
cuando todo era incierto y la niebla impedía seguir adelante.  
Quién no ha librado batallas ajenas sin saber por qué
y no ha combatido las propias por miedo a perder. 
Quien no ha respirado hondo el frescor de un abrazo
con olor a tierra mojada por el rocío del amanecer. 
Quién no ha llevado de la mano alguna vez, 
con ternura y cierto temor de olvido, al niño que un día fue.
Quién no tiene en alguien, un faro para los días de niebla,
que evite encallar ante puertos que no nos esperan. 
Quién no tiene una orilla con vocación de horizonte.
 
Aunque yo sé de quienes no tienen nada 
y de quienes tienen más aún. 
 
Pero yo, que ando a medio camino de casi todo,
soy feliz con mis zapatos desgastados 
de recorrer caminos propios y ajenos. 
Tengo una maleta llena de recuerdos nuevos y añejos.
La mirada desgastada de posarse en todo. 
Los bolsillos rotos y ligeros. 
 
Y de vez en cuando
mi guitarra me desnuda en cada acorde 
como si nos fuera la vida en ello;
aunque amo el vino del silencio y la soledad
que desgarra mis odres viejos. 
 
Amo la familia, lo cotidiano, lo predecible y lo nuevo.
Amo los libros, las catedrales y el otoño.
Amo lo divino y por ello lo humano
en la fragilidad de lo eterno. 
Amo reposar la mirada en la alborada 
de las cosas sencillas y pequeñas.
Amo las sonrisas y los abrazos que se alargan sin miedo.
Amo a los amigos que se arriesgan a serlo.
Amo con esperanza a esta humanidad herida que hiere,
desde el momento en que Dios me abrazó, sin merecerlo, 
como a quien mucho quiere.

¿Qué haría el sembrador de la parábola con un Smartphone en la mano?



Reflexión sobre algunos aspectos de la evangelización en las Redes Sociales desde la Parábola del sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. (Mt. 13,3-32).

 Parte de mi trabajo se desarrolla en las Redes Sociales y tiene que ver con la Misión de la Iglesia y sus misioneros; aunque, por coherencia, no puedo limitarme a ser solo “intermediario” o “pregonero”.  Quien está metido en esta tarea de Dios: o es testigo y da testimonio de lo vivido, o es un charlatán con vocación de “pregonero digital” que, a golpe de imágenes, vídeos, textos -y no sé que más recursos- no hace más que convencer a los ya convencidos. Claro está que esto son dos extremos; la realidad humana suele estar llena de matices y, algun@s como yo, andamos a medio camino entre uno y otro lado.

Pero este no es el tema que quiero tratar.

Entre otras muchas cosas hay algo fundamental para el evangelizador en Redes Sociales. Me refiero a la oración, y a la continua actitud orante para contemplar la realidad e interpretarla desde la fe, y así descubrir en ella a Dios palpitante y vivo. Y nada mejor para orar que la Palabra de Dios.

En mi caso he de confesar que esta Palabra no siempre me transmite consuelo y respuesta a mis dudas; a veces me crea desasosiego y mas preguntas que certezas. Pero a estas alturas me temo que a Dios le gustan más los “por qué no” que los “por qué”. Al menos conmigo.

El hecho es que hoy, antes de intentar “sembrar” en las redes alguna idea con sentido, me puse a leer la tan conocida parábola del sembrador (tema sumamente recurrente para mi trabajo). Al principio la leí como siempre, desde la explicación que da de sí la propia Palabra, pero poco a poco fui cayendo en la cuenta de la actitud del sembrador.

Me refiero a que el texto no dice que el sembrador, razonablemente, echara más semillas en la parte del terreno bueno. Dice, simplemente, que sembró indiscriminadamente sobre todos los terrenos. Casi se le podría reprochar que utilizase tan buenos recursos sin tener en cuenta el contexto, a sabiendas de los resultados que se pueden esperar, dependiendo de dónde se esparce la semilla. Vamos, que se le podría llamar derrochador o como mínimo: muy poco previsor.

Caer en la cuenta de esto hizo que mi ángel de la gurda evitara susurrarme al oído:

-       Y tú, cabeza de chorlito: ¿qué tipo de terreno eres?

Librándome de tener que argüir respuesta alguna.

Así que seguí en silencio el camino que había comenzado. Y como no se puede decir del Sembrador que es un derrochador de semillas, pensé:

-       La respuesta debe estar más adelante.

Pero ampliar la búsqueda no hizo más que complicar el asunto, pues la parábola del Sembrador se enlaza con otra: que habla de un sembrador que esparce buena semilla -se sobreentiende que lo hace sobre un terreno bueno, pues no se dice lo contrario- y explica como su enemigo siembra cizaña mientras el sembrador dormía. Se le podría reprochar a este sembrador falta de atención o de seguimiento después de haber sembrado, pero no aparece reproche alguno en el texto. En todo caso explica que no era muy buena idea retirar la cizaña por miedo a perder el buen trigo.

Más aún, cuando vi que esta parábola enganchaba con la de la del “grano de mostaza”, paré… ¡Me parecía demasiado!

Recapitulemos:
-  El primer sembrador siembra indiscriminadamente sin importarle, aparentemente, si se pierden semillas en terrenos no favorables.
-     El segundo, más sensato, sí siembra en terreno bueno, pero eso no le aseguró unos buenos resultados.
-     Para rematar, se reduce la cuestión a una semillita de mostaza, como si nos jugáramos todo en cada semilla.

¿Cómo no me van a surgir más preguntas que respuestas, sobre todo en lo referente a mi trabajo y a la actitud con la que debo desarrollarlo?

-       ¿Por qué mis mensajes, en redes, van dirigidos a aquellas cuentas que considero “buen terreno” y discrimino -con mi lenguaje e imágenes- a aquellas que puedan estar en terreno pedregoso o con espinas, aún cuando esa no sea mi intención?
-       ¿Por qué siembro en función de los resultados posibles y estoy demasiado condicionado por ellos?
-       ¿No será demasiado pretensioso querer ser sembrador, y debería dedicar más tiempo a desarrollarme, como semilla de mostaza, para inspirar a otros con ese proceso? (Me estoy refiriendo a la irrenunciable tarea de evangelizar mientras ejerzo mi trabajo)

Sigamos…

Jesús dice a los campesinos que el Reino de Dios es como sembrar, o podar la viña; que es como decir a pescadores que tiren las redes para pescar, etc. Por tanto, adecúa constantemente su lenguaje al interlocutor. Supongo que de nada vale ofrecer un tesoro si el otro no entiende lo que le estás ofreciendo. Dicho de otro modo: La comunicación no es lo que yo digo, es lo que el otro entiende. (Esta frase se le atribuye a Arturo Gómez Quijano).

-       ¿Por qué sigo utilizando, entonces, un lenguaje e imágenes, tan anacrónicos? Jesús dejó claro que adaptando la “forma” (lenguaje) no se pierde “fondo” (mensaje), todo lo contrario, se hace comprensible y, por tanto, accesible.

Respecto al “supuesto” terreno malo, en relación al bueno; si leo los Evangelios, tomando un poco de distancia, Jesús parece estar más a gusto con aquellos que parecen ser mal terreno. Que se lo digan a: Zaqueo (Lc 19); al centurión (Lc 7); a la adultera (Jn 8); a la mujer que padecía flujo de sangre (Mc. 5,25); a la samaritana (Jn. 4); etc.

Más aún, “se salta” constantemente aquello que es considerado buen terreno: la ley y su "cumplimiento" y se enfrenta abiertamente a aquellos que representan el buen camino: los fariseos. Esta marginalidad le costará cierta credibilidad (Mt. 11,18-19) y, finalmente, la vida.

¿No deberíamos, por tanto, orientar nuestras estrategias, en las Redes Sociales, hacia aquellos que parecen no tener nada que ver con lo que consideramos “buenos terrenos” o “nuestros terrenos”?

¿No deberíamos derrochar creatividad para hacernos los encontradizos con aquellos que se sienten marginales (y/o marginados) ante el mensaje del Evangelio? (Jn. 4)

¿Acaso nos consideramos “buenos” por no saltar fuera de nuestros “buenos terrenos”? ¿Prudentes como mínimo?

Creo que corren tiempos donde debemos volver la mirada hacia nuestros orígenes: al encuentro con Jesús de Nazaret (marginal y perseguido por su coherencia); al grupo pequeño de apóstoles y de amigos seguidores de Jesús; a predicar de dos en dos por los caminos sin miedo a no ser relevantes por ser pocos (sin necesidad de suspirar por Jornadas Mundiales de la Juventud); a la opción preferencial por los marginados (incluso en las Redes Sociales). Y si se quiere, también, a la predicación valiente del Evangelio como hizo Pablo cuando lo llevaron al Aerópago (Hch. 17,19ss). Lo que hubiera dado San Pablo por acceder a internet.

Creo que son buenos tiempos para releer aquella Audiencia General de Juan Pablo II, allá por el año 1998, cuando hablaba de los tan nombrados: “signos de los tiempos”:

“El Espíritu y los signos de los tiempos
1. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente, refiriéndome al año dedicado al Espíritu Santo, exhorté a toda la Iglesia a «descubrir al Espíritu como aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos» (n. 45).
Si nos situamos en la perspectiva de la fe, vemos la historia, sobre todo después de la venida de Jesucristo, totalmente envuelta y penetrada por la presencia del Espíritu de Dios. Así se comprende fácilmente por qué, hoy más que nunca, la Iglesia se siente llamada a discernir los signos de esa presencia en la historia de los hombres, con la que, a imitación de su Señor, «se siente verdadera e íntimamente solidaria» (Gaudium et spes, 1).

2. La Iglesia, para cumplir este «deber permanente» suyo (cf. ib., 4), está invitada a redescubrir de modo cada vez más profundo y vital que Jesucristo, el Señor crucificado y resucitado, es «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (ib., 10). Él constituye «el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones» (ib., 45). Asimismo, la Iglesia reconoce que sólo el Espíritu Santo, al imprimir en el corazón de los creyentes la imagen viva del Hijo de Dios hecho hombre, puede hacerlos capaces de escrutar la historia, descubriendo en ella los signos de la presencia y de la acción de Dios.”

¿Cómo ser levadura en las Redes Sociales evitando la tentación de ser relevantes (influencer) y andar como humildes servidores de quien es Camino, Verdad y Vida (Mt. 6,3ss)?

¿Por qué no reconocer abiertamente que detrás de las críticas que hacen a nuestro trabajo, muchas veces, hay búsqueda de verdad y frustración justificada por nuestra falta de respuesta, al utilizar un lenguaje ininteligible?

¿Cómo asumir el “programa de vida” propuesto por Dios en Mt. 25, 34ss, para vivirlo en Internet? Eso sí, sin olvidar que el amor a Dios y al prójimo no van en contra de nosotros mismos (Mt. 22,36-40)

¿…?

En estos enredos ando…

Suerte que en mi trabajo los obstáculos, por grandes que estos sean, se viven como un reto, un apasionante reto, y no como problemas insalvables.

Así es la Historia de Salvación de la que somos testigos con nuestras vidas: luz en medio de las sombras. Pero este tema tendrá que esperar, por ahora.

Lo que no puede esperar es la “traducción correcta” del mensaje de amor y de vida que Dios quiere trasmitir a cada ser humano, tal como hacen nuestros misioneros. Ellos, los misioneros, nos dicen, con sus vidas, que esta tarea es posible y más sencilla de lo que parece. Aunque ellos cuentan con una gran ventaja: la poca distancia entre lo que dicen y lo que viven. Esto nos deja ante otra cuestión fundamental: nuestra tarea no es sólo la de “traducir” o "dar a conocer", si no la de amar mientras nos hacemos entender e intentar implicar a otros en la hermosa tarea de la Misión.

Y entre estos enredos me despido…

¿Cómo decírtelo?


¿Cómo decirte que Dios te habita,
más por tus carencias y fracasos
que por tus luces y aciertos?

¿Cómo decirte que sobrevuela tu cielo,
como un pajarillo que ama volar libre,
sin importarle las estaciones de tu ánimo?

¿Cómo decirte que en tu barro Dios hunde sus manos
para hacerte semejante a Él?

¿Cómo decirte lo que más necesito saber?

Canción: Hacedores de milagros.


Introducción

Allá por el año 69, mientras yo nacía en pleno desierto del Sahara a más de 300.000 kilómetros de allí, el astronauta Neil Armstrong pisaba la luna y todo ello coordinado desde la Nasa, que contaba con ordenadores menos potentes que el móvil que llevo en el bolsillo. Este tipo de proezas, es propia de la raza humana, así es nuestra naturaleza. En cambio, a día de doy, sabemos -porque hay estudios- que podríamos erradicar la pobreza extrema, incluso la pobreza en su sentido más amplio, pero no lo hacemos. También somos conscientes que estamos destrozando el planeta (lo de destrozar es literal, no metafórico) y seguimos con las mismas inercias que nos llevan a consumir recursos muy por encima de nuestras necesidades. Somos así, pura contradicción.

Esto no viene de ahora, la historia es testigo de ello. Aunque hace apenas 2000 años aconteció un hecho que estableció un eje en nuestra propia historia. Un antes y un después: el Dios originario de la creación, el Dios de la vida en todas sus manifestaciones, decidió encarnarse en un acto de abajamiento único, porque hay algo en nuestra humanidad que pertenece a sus entrañas. Pero lo extraordinario es que decidió -aún lo hace- jugárselo todo por cada individuo concreto y no por una humanidad abstracta, como si supiera que en cada parte se juega el todo. Dicen los escritos antiguos que se nos concedió algo que nos permite proceder como Dios: el Espíritu. Esto es algo que sobrepasa a la razón y a la lógica humana, aunque ambas pueden llegar a encontrar caminos para adentrarse en este misterio.  De lo que no hay duda alguna es que surgieron, en ese mismo momento de la historia, hombres y mujeres que, movidos por ese Espíritu, han hecho que la humanidad sea más humana consigo misma. Puedes creer o dudar sobre Dios, pero no puedes eliminar la existencia de estos hombres y mujeres de Dios movidos por su Espíritu hasta el día de hoy.

Esta canción es un intento de acercarme, con profundo respecto, a estos “hacedores de milagros”, testigos que encarnan al Dios vivo y que traducen este misterio con gestos sencillos y cotidianos.


(Intro 2) Lam-Rem-Mi… Cómo pude, al final, componer esta canción arañando el fondo, como al principio. Pero esto lo contaré en otro momento.


Recitado. (Lam-Rem-Mi)

Dicen que el tiempo, el que existe desde los orígenes de la creación ya no les hace caso, porque ellos aborrecen su ritmo monótono. Se adaptan al latido de lugar donde viven, andan al paso de los lugareños y han aprendido a derramar las horas mirando de frente a todo aquel que no teme ser espejo del alma. Dicen de ellos que han domeñado la prisa a paso lento, bebiéndose la vida a sorbos pequeños.

Dicen algunos, que ellos saben mucho de lo eterno y de la vida, mucho más que aquellos que han vivido mucho… muchísimo. Y porque saben no dan discursos sobre aquello que da sentido a una vida, se limitan a vivirlo simplemente, con gestos simples, como si lo eterno se derramase en medio de lo cotidiano cotidianamente. Si se les pregunta por ese fondo que da vida a sus vidas ellos hablan de Dios, y por ello del hombre, que es hablar de la mujer, y de los niños y los ancianos y los no nacidos aún.

Algunos incluso ya no recuerdan cuando llegaron, mientras escuchan sus historias, las de los pueblos muy lejanos que los vieron partir. Dicen que se les enciende la mirada cuando hablan de sus raíces, pero lo que no saben es que hacen lo mismo cuando regresan a sus casas: hablan de los desiertos, y las selvas, y los poblados, y las ciudades hambrientas de todo como si hablasen de sus casas, de sus raíces.

Dicen que son de sonrisa fácil, de gesto amable y voluntad recia. Que no temen arañar con insistencia para cavar surcos en nuestras conciencias y llevarse algunas semillas allá donde hace falta sembrar esperanzas.

Misioneros los llaman…

Son hacedores de milagros, místicos del trabajo, músicos del silencio, artesanos de afectos, sacramentos encarnados, fe sencilla: la de siempre. Son alfareros de humanidad que moldean con esperanza tanto barro. Son pequeñas estrellas que no se acobardan ante la inmensidad de la noche, formando galaxias, porque se saben unidas a pesar de la distancia. Son hospitales para las dolencias del alma; y siembran futuros en medio de la nada donde nadie lo esperaba. Son agua fresca para los desiertos de las vidas resecadas por falta de aquello que nos sobra. Son el pupitre en el colegio. Son el cubo del pozo. Son la iglesia, la cruz en la capillita y la Virgencita madre. Son la venda ensangrentada. Son el grito humilde que exige paz en medio de la guerra. Son la resignación de los fracasos, que no faltan. Son la oración que espera y que llega donde no llega el pan y la dignidad. Son parte de la muerte de los que mueren sin sentido. Son el salmo suplicante que quiere mover a los que rezan sin compromisos. Son la voz del misterio que les repite una y otra vez: aquí no se rinde nadie, porque yo, vuestro Dios, no me rendiré jamás por cada uno de vosotros. Son el padre nuestro y el ave maría de los abuelos. Son el sobre del DOMUND lleno de sueños dormidos que quieren despertar y hacerse realidad. Son el twitter que corre veloz como estrella fugaz para hacernos caer en la cuenta de lo que tenemos entre manos.

Misioneros…

Ellos son lo que son porque Dios es quien e y nosotros… nosotros… andamos entre orillas: la de la fe y la de la voluntad que no se rinde ante una humanidad que necesita ser mas humana desde Dios.

Cantado.

Y mientras tanto esperamos, sin esperar, a que haya muchos más, muchos más como ellos. Hambrientos de nuestra solidaridad para encarnar a Dios con gestos sencillos que hacen milagros, desenclavando cruces por donde van como aquel nazareno de mirada limpia y llena de verdad, con el alma desnuda sin ningún pudor, poniendo el Reino en cada gesto de amor y la gratitud como bandera.

Ojalá...


"Comienzo" Cuadro de Esther Porta

Reflexiones mientras miro por la ventana, 
durante el tiempo de pandemia,
ante un sol de primavera que lo acaricia todo.

Poco a poco la "normalidad" quiere abrirse paso entre nuevas rutinas, pero la vida ha cambiado para muchos. Durante estos meses se han perdido trabajos, se han perdido familiares y amigos, y hasta el corazón se siente confinado, ahí dentro, en muchos aspectos. Paro otros, por desgracia, la vida es igual: sus hijos mueren de hambre o por falta de una aspirina, o son esclavos en minas que son un infierno, y no hay agua, ni hospitales, ni colegios, ni derechos, ni futuro... Para muchos las fronteras cerradas no es cosa de ahora, de la pandemia. Para algunos, como los misioneros y misioneras, la única opción sigue siendo la misma: no rendirse a la desesperanza, apostar en favor de la humanidad, aunque esta parece seguir revelándose contra sí misma, poner alma y espíritu en cada herida: las ajenas y las propias, y encarnar a un Dios que quiere resucitar en cada cruz.

Ojalá que en medio de este deseo de "normalidad", que quiere abrirse paso entre nuevas rutinas, emerja aún más fuerte el deseo de solidaridad hacia los más empobrecidos.

Ojalá las injusticias nos resulten más insoportablemente injustas.

Ojalá la humanidad se sepa más esclava de cosas que parecen necesarias y no lo son, para desear conquistar la libertad que surge del compromiso con la bondad, la verdad, la misericordia, el perdón, la belleza y el amor en todas sus manifestaciones.

Ojalá la gratitud no aparezca sólo cuando la vida nos favorece, sino que sea el resultado de amar al prójimo como a nosotros mismos... como a nosotros mismos.

Ojalá los templos cerrados nos hayan hecho descubrir el templo personal y la liturgia sacramental del amor de Dios encarnado.

Ojalá volver a los sagrarios tenga que ver más con el misterio que con lo divino, sin que una cosa excluya a la otra.

Ojalá los sacramentos sean más vitales y la vida más sacramental.

Ojalá queramos ser mejores -espiritual y humanamente- no por miedo a castigo alguno, o para merecer cualquier bien o reconocimiento, sino como consecuencia de haber experimentado el amor en medio de nuestras luces y sombras.

Ojalá vivamos en carne propia que cualquier violencia, por justificada que ésta nos parezca, mata algo de nuestra propia humanidad en el otro.

Ojalá que, quien tiene responsabilidades sobre otra persona, no quiera para ella nada que no quisiera para sí mismo.

Ojalá entendamos que el planeta no es un gran supermercado sino el hogar común de la gran familia humana.

Ojalá lleguemos a la certeza de que la política, sino es social no es política; y las religiones son un medio y no un fin.

Ojalá nadie: ni persona, ni animal, ni planta, ni nada, se vaya de esta vida sin haber sido amado.

Ojalá…. Ojalá… esta palabra me duele, pues suena a utopía y todo lo anterior es alcanzable, si entendiéramos que la cuestión no es perseguir un horizonte que ya tenemos bajo nuestro pies.