La vida es una oportunidad, APROVÉCHALA... La vida es belleza, ADMÍRALA

Teresa de Calcuta

La vida es un sueño, HAZLO REALIDAD... La vida es un reto, AFRÓNTALO

Teresa de Calcuta

La vida es tristeza, SUPÉRALA... La vida es amor, GÓZALO

Teresa de Calcuta

La vida es una tragedia, DOMÍNALA... La vida es un misterio, DESCÚBRELO

Teresa de Calcuta

La vida es aventura, VÍVELA... La vida es felicidad, MERÉCELA

Teresa de Calcuta

Redes...

Preguntas cenizas

Hoy, miércoles de ceniza, comienza la Cuaresma para los que somos cristianos… y no he podido evitar hacerme las siguientes preguntas:

¿Amo para llegar a Dios o porque he sido amado de tal manera que irremediablemente no puedo hacer otra cosa?

¿La penitencia es un trueque donde yo hago por ti y tú por mí (persona-Dios), o es el reconocimiento personal y público de que no puedo ganarme el amor de un Dios que desconcierta por la gratuidad de su amor?

¿Se podría cambiar la ceniza por polvo de cemento y metal de las murallas que intentan parar el paso de aquellos a quienes dejamos morir en nombre de una “justicia” que vela por nuestros “intereses”? Por sal de mar tampoco me importaría...

¿Por qué no cambiar el mensaje: “polvo eres y en polvo te convertirás”, por: “en polvo te convertiste al pasar de largo cuando tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber, fui forastero y no me acogiste…”? 

Abre la mirada… ¿no estás cansado, como yo, de tanto mirar sin ver?

Puede que vaya siendo hora de asumir que el pecado es una parte constitutiva de nosotros y no hay manera posible de limpiarlo o desterrarlo. Probablemente tomar conciencia de esto sea una de las principales condiciones para relacionarnos con Dios. Si el pueblo de Dios en el desierto no hubiera tenido conciencia clara de su esclavitud habrían rechazado la libertad que Dios les ofrecía.

Tampoco me imagino a Jesús de Nazaret diciéndole a Zaqueo: mira, cuando cambies un poco entonces puede que te deje invitarme a cenar; o despachando al centurión haciéndole entender que no puede curar a su siervo así sin más, sin pedir perdón por nada, sin cuestionarse nada de su vida como soldado, sin ánimo alguno de arrepentimiento o conversión. No me imagino tampoco el semblante de los presentes cuando Jesús narró la parábola del padre del hijo pródigo, y no quiero ni pensar en lo que tuvo que sentir el apóstol, autor del Evangelio, cuando describió a Jesús en la cruz pidiéndole a su Padre que perdonara aquella atrocidad porque no sabían lo que hacían.

En cambio hubiera dado lo que fuera por presenciar la disputa entre Pablo y Pedro sobre cómo se estaban impregnando las enseñanzas del “maestro” de mentalidad judía: el cumplimiento de la ley, la justificación mediante el sacrificio, formar parte de los escogidos…

Quiero decir que si existiese un termómetro que reflejase mi acercamiento a Dios, la medida no subiría por mis buenas y piadosas obras (pude que incluso bajase por ellas), en todo caso subiría más cuanta más conciencia tuviera de mi imposibilidad para ganarme el amor de Dios y descubrir que soy amado precisamente por mi debilidad. En ese momento se produciría el cambio de la servidumbre al amor. Amaría no para ganarme amor alguno, sino como consecuencia irremediable de haber sido amado. Perdonaría, aceptaría, comprendería, acogería… todos los “ías” serían posibles gracias a la gratuidad de un amor incomprensible que justifica sin justificaciones.

Libertad, responsabilidad de mis actos, consecuencia de mis acciones… Por supuesto, pero sin convertir el amor de Dios en un trueque: “yo te doy tú me das”. El “cumplimiento de lo establecido” no puede ser quien determine la presencia o la ausencia de amor. No podemos decir que el amor de Dios es incondicional, pero depende de cómo nos portemos…

¿Cómo se juzgarán nuestras obras?... no tengo ni idea. Por la cuenta que me trae espero que se nos juzgue desde el amor. Un amor tan incomprensible como el que se manifestó en la cruz.

¿Existe el infierno? Por supuesto, y está lleno de fronteras, poder y corrupción. Lo hemos creado con nuestros miedos, intereses e indiferencias.

Dejemos de mendigar amor por temor a perderlo y salgamos al encuentro de Dios como el hijo pródigo. El cielo que espere… ya habrá tiempo para eso.

Ahora es tiempo de CUARESMA…
de coger el arado para abrir surcos que acojan semillas nuevas.

Tiempo de ser testigo más que profeta,
de ser amante más que poeta,
de ser “el otro”  al otro lado de la frontera,
de ser creyente de templo y patera,
de no mirar horizontes sin antes mirar al lado.

Tiempo de no ganar, siquiera el cielo…
hay que perderlo todo para no perderlo.

Tiempo de fe y misterio, de cruz y vida,
de esperanza en medio de la desesperanza...
de cambio en lo eterno o no es tiempo de nada.

Yo quiero un amor eterno


Recórreme sin pudor, que ya no me pesa ser reconocido
Camíname sin miedo a dejar huella, que ya sé de la savia en la herida
Sondéame y descubre lo que no ves en la superficie… no temas reconocerte
Espérame  o no lo hagas, eso sí,  no te alejes de ti mismo ni por mí ni por nadie
Escúchame y aprenderás a escucharte
Mírame sin miedo a que te mire, que somos el mismo mar entre horizonte y orilla
Nádame si lo deseas, pero antes despójate de lo que te cubre y protege
Confíame cuando confíes en ambos
Poséeme…  y verás que no es posible hacerlo
Ámame…  y me poseerás sin miedo a perderme
Libérame de promesas sin raíces
Comprométeme sin compromisos… seamos alianza eterna
Refléjame en tus ojos cansados de mirar sin ver… así te mostraré tu belleza y hondura
Moldéame…  y verás que no es posible hacerlo
Acéptame…  y me moldearé a lo que tú eres
Habítame... pero deja abiertas mis puertas y ventanas
Déjame con sed, eso  me complace… no desesperes por no poder saciarme
Cólmame de silencios elocuentes y las palabras desvelarán nuestros anhelos
Háblame de ti, más allá de lo que muestras, que tus luces y sombras me enriquecen
Sáname sin juicios… con ternura, y eso nos hará fuertes a ambos
Apóyame antes de caer o cuando caiga, y hallaremos fuerza en la debilidad
Infúndeme esperanza cuando me abata el desaliento… yo también te necesito
Enderézame cuando me veas salir del camino, es fácil… verás que me alejo
Suéñame despierto y seremos capaces de cualquier propósito
Perdóname... y reconocerás tu propia fortaleza 
Asúmeme y no me sueñes, que soy más de lo que esperas y necesitas
Enraízame para que demos fruto
Abrázame sobre todo cuando no te dé motivo para ello
Extráñame sin depender de mí
Apártame lo suficiente cuando crea que "sin ti no puedo"
Sáname con tu comprensión aun cuando yo no me entienda
Respétame y así ganarás mi respeto
Inspírame valor para defender lo justo más allá de nosotros
Intúyeme que no me importa ser predecible
Reconóceme cuando me contradiga
Víveme aquí, ahora... que nuestro tiempo es limitado
Renuévame en lo cotidiano
Encuéntrame entre un Padre Nuestro y un Ave María porque sin Dios me pierdo
Despídete de mí cuando llegue el momento, yo también lo haré…
…. que ya estaremos listos para  ser más allá del espacio y el tiempo.

Soy un ser humano

Recojo este tema de Alberto Cortez por cómo ha sabido expresar la ambivalencia humana en primera persona. A veces es bueno no perder la perspectiva y saber que no sólo somos capaces, como seres humanos, de lo peor y lo mejor, sino que “soy” capaz de ello.

Asumo, por tanto, esta ambivalencia que me define como ser humano y, sobre todo, la innata capacidad de superación y esperanza de la que también estamos hechos.

Solo que, en mi caso, “en nombre de Dios”, por encima del precepto, la ley y el dogma… profeso el amor.


Alberto Cortez
"Soy un ser humano" (Disco: Pesares y sentires - 1977)
Con este título también publicó un libro en 1985

"Más allá de cualquier ideología...
más allá de lo sabio y lo profano,
soy parte del espacio, soy la vida
por el hecho de ser un ser humano.

Yo soy el constructor de mis virtudes
como lo soy, a la vez, de mis defectos;
torrente inagotable de inquietudes...
genial contradicción de Lo Perfecto.

Yo puse las espinas en la frente
los clavos en los pies y en ambas manos...
después rompí a llorar amargamente
la muerte irreparable de mi hermano.

Por mí se hace polémica la duda...
¿Quién soy?, ¿adónde voy?, ¿de dónde vengo?...
a través de los tiempos, tan aguda,
que con ella renazco y me sostengo.

Soy el que abrió la caja de Pandora
que guardaba los males del planeta.
No escapó la esperanza... ¡En buena hora!
por ella sobrevivo y soy poeta.

Yo soy quien ha creado las prisiones,
la lucha fratricida y la injusticia,
más también he inventado las canciones
y el encanto sutil de una caricia.
En nombre de mi Dios, soy asesino,
embustero, fanático y tirano;
desafiando las leyes del destino
tengo sangre de siglos en las manos.

Más también en su nombre soy la rienda
que consigue domar a tanto potro...
Sería, sin un orden, la merienda
de comernos los unos a los otros.

Soy el poder, que condena los instintos
naturales del hombre, mi censura
reptando por oscuros laberintos
impone la moral de su estatura.

Yo soy un individuo entre la masa...
La coincidencia, es sólo un accidente...
Busco esposa, doy hijos, tengo casa,
soy la opción de un cerebro inteligente.

¿Qué vale más, inquietud de mi existencia,
cuando llegue el final y quede inerte?
¿El arte, por fijar mi trascendencia
o el eterno misterio de la muerte?.

Por todo, más allá de ideologías...
más allá de lo sabio y lo profano...
soy parte del espacio, soy la vida
por el hecho de ser un ser humano."

Carta de Dios al hombre y la mujer en Adviento




Recojo esta oración de Adviento de la página: Reflejos de luz, para rezarla con mis hijos cuando sean mayores, o para que ellos la encuentren aquí si algún día andan por este espacio que es tan mío que es de ellos. 

Le agradezco a mi mujer que me la diera al venir de una oración de padres en el “cole”. Abuelas y madres son las verdaderas transmisoras de la fe, sin necesidad de púlpitos ni teologías, sin reflexiones profundas ni pastorales renovadas… sino de manera sencilla y humilde, como es la fe misma.


Querido hombre y mujer:
He escuchado tu grito de Adviento.
Está delante de mí.
Tu grito, golpea continuamente a mi puerta.
Hoy quisiera hablar contigo para que repienses tu llamada.
Hoy te quiero decir: ¿Por qué Dios preguntas? ¿A qué Dios esperas?
¿Qué has salido a buscar y a ver en el desierto?
Escucha a tu Dios, mujer y hombre  de Adviento:
“No llames a la puerta de un dios que no existe,
de un dios que tú te imaginas…
Si esperas… ábrete a la sorpresa del Dios que viene
y no del dios que tú te haces…
Tú, hombre y mujer,  todos, tenéis siempre la misma tentación:
hacer un dios a vuestra imagen.
Yo os digo, yo Dios de vivos,
soy un Dios más allá de vuestras invenciones.
Vosotros salís a ver dónde está Dios… Os dicen:
“aquí está” pero no lo veis, y os sentís desanimados
porque Dios no está donde os han dicho…
Y Dios está vivo. Pero vosotros no tenéis mentalidad de Reino:
no descubrís a Dios en lo sencillo.
Os parece que lo sencillo es demasiado poco para que allí esté Dios.
Sabedlo: Yo, el Señor Dios, estoy en lo sencillo y pequeño…
Hombre y mujer  de hoy y de siempre:
deja espacio a tu Dios dentro de tu corazón.
Sólo puedo nacer y crecer donde mi palabra es acogida.
Qué tranquilo te quedas, haciendo -lo que hay que hacer -porque–
haciendo las cosas de siempre- evitas la novedad del Evangelio.
Pero yo te digo que tu corazón queda cerrado,
y tus ojos incapaces de ver el camino por donde yo llego.
No te defiendas como haces siempre.
No te escondas bajo ritos vacíos.
Hombre y mujer, si me esperas, deja de hacerme tú el camino
y ponte en el camino que yo te señalo por boca de los profetas.
Abre el corazón a mi Palabra.

Yo, tu Dios, te hablo

Todo "nacimiento" es un misterio.

Todo “nacimiento” es un misterio, pero depende de dónde nazcas este misterio se desarrollará  a lo largo de la vida de maneras diferentes.

Paras unos, desde que tenemos uso de razón, son tan normales tantas cosas, tan obvias, que no nos planteamos su valía: calzado, ropa, vivienda, familia, educación, comida, agua… Pero para otros acceder a todo esto “tan obvio” no es lo normal. Supone un reto que alcanzarlo puede llegar a costar la vida. Otros muchos, demasiados, morirán sin ni siquiera llegar a pensar que pueden alcanzarlo, más aún, morirán sin entender nada porque ni siquiera habrán accedido a poder soñar nada, condenados a vivir una pesadilla que cesará bajo un largo sueño que nada tiene de sueño.

No, hoy no deseo ser pájaro de mal agüero ni me he levantado con el pie izquierdo en esta  mañana navideña de cielo despejado. No, no estoy de mala leche por motivo alguno, ni me gustan los profetas ni los juicios finales. Más aún, suelo “vibrar” con las navidades que me resultan entrañables, familiares y enriquecedoras. Me gustan estas fechas que vivo con fe y afecto. Pero nada de eso elimina el hecho de que bajo el celofán, a veces, hay demasiada miseria camuflada. El día 26 de abril de este año 2016, el periódico digital El Mundo, haciendo referencia al Informe de Save The Children, afirmaba que alrededor de 16.000 niños de menos de cinco años mueren cada día. No creo que hayan cambiado mucho las cosas en tan poco tiempo. Por eso, cuando me he levantado hoy y he pensado en mis hijos plácidamente dormidos al mirar al niño Jesús del belén que tenemos en la entrada de casa, he pensado en mi hija menor que ahora tiene 5 años y he revivido la maldita estadística con cierta amargura.

¿Qué hacer? Podría hacer muchas cosas… y “no hacer”, como, por ejemplo, gastar de manera desmesurada movido por no sé qué sentimiento “navideño comercial”. Pero, sobre todo teniendo en cuenta que son unas fiestas profundamente religiosas -por mucho que a muchos les moleste- sería conveniente abrir bien los ojos, esos que dicen que son espejos del alma. Mirar de frente y llamar a las cosas por su nombre. Mirar atento alrededor, sobre todo con fe, no sea que pase de largo y no "contemple" a aquel del que celebramos su venida por no reconocerlo sobre los “belenes” maltrechos hechos de cartón en las aceras, durmiendo al resguardo de algún cajero automático, o comprando un cartón de leche en el supermercado cubriendo sus 10 añitos con una bata maltrecha a pesar de un frío que pela.

¿Qué hacer?... Vivir sabiendo que mi estilo de vida repercute en esa parte del mundo que sueña con que yo despierte de mi vida soñada para que la suya deje de ser una pesadilla. Y puede que entonces nacer sea un misterio que no sólo no acabe a los 5 años, sino que además se desarrolle con dignidad a lo largo de la vida.

¿Qué hacer?... Dejar de ser “Nicodemo”*  y entender que es posible nacer de nuevo.
____

*  Según el Evangelio de san Juan, Nicodemo era un rico fariseo, maestro en Israel y miembro del Sanedrín que mantuvo un diálogo profundo con Jesús. Durante la conversación con Jesús entendió de manera literal lo que éste le decía: "En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios", y marchó confuso sin adivinar el significado profundo del mensaje.

Amor humano

Recojo este artículo de Juan Manuel de Prada por su elocuencia y reflexión sobre el amor humano. Por la falta de superficialidad y el preámbulo idóneo para una buena conversación. 

ANIMALES DE COMPAÑÍA


Seguramente no exista, entre todas las aspiraciones humanas, otra más noble que la de amar y ser amado. Una vida sin amor es una vida sin sustancia y sin norte, condenada a la esterilidad y a la desesperación. Muchas son las expresiones del amor humano, de esa necesidad que las personas tienen de estar ligadas entre sí, de vivir unas por otras y para otras, de encontrar esa comunión que restablece la armonía de todo lo creado. Lope de Vega, en un soneto célebre, acertó a describir ese cataclismo interior que se produce en cada uno de nosotros cada vez que nos enamoramos: «Desmayarse, atreverse, estar furioso… […] ¡Esto es amor! Quien lo probó lo sabe». Pero la fuerza arrasadora de ese cataclismo que describe Lope no garantiza, bien lo sabemos, su duración. Ese estado de excitación o embriaguez de los sentidos que describe Lope corre el riesgo de desvanecerse como una ilusión cuando choca con las rutinas de la vida. La intimidad cotidiana resta brillo a las cualidades del ser amado; y, al mismo tiempo, hace resaltar sus imperfecciones y miserias. Entonces el amor corre el riesgo de hundirse en la aridez y la insatisfacción. Sólo el amante que sabe salir de sí mismo para entregarse al otro y sentirse invadido por su destino puede superar el desvanecimiento de esta ilusión primera. El amor que vive de codiciar siempre nos deja, a la postre, hambrientos; el único amor que nos deja saciados es el que vive para darse.
A nadie se le escapa que el amor, para mantenerse vivo, para no convertirse en rutina, para no desembocar en agria disputa, necesita de purificaciones a veces desgarradoras. El amor juvenil, tan entusiasta y deslumbrado, corre pronto el riesgo de convertirse en sed vulgar de una felicidad superficial e inmediata, en una divinización de la sensualidad o en una exaltación del egoísmo que acaba provocando hastío. El amor de la madurez puede convertirse en una rutina esterilizante, incluso degenerar en un puro formalismo legal que encubre una simbiosis de egoísmos, un compromiso artificial entre dos almas que han llegado a ser extrañas y cerradas la una para la otra. El amor de la vejez, por último, acechado por las naturales decepciones y quebrantos producidos por el decaimiento físico y también por las heridas de la amargura, puede hundirse en la aridez y en la insatisfacción. A nuestro derredor se multiplican los amores fracasados; pero también conocemos a hombres y mujeres que han sabido amarse de por vida y hacer de su amor una realidad gozosa y fecunda, hombres y mujeres que nos enseñan que el amor que supera todos los escollos es el que vive para darse, primero con entusiasmo juvenil, después con la abnegación de la madurez, ya al fin con esa alegría generosa que se sobrepone a los quebrantos de la edad.
En su obra El amor humano, Gustave Thibon afirmaba con razón que «sólo los afectos que resisten la destrucción de su primer componente sentimental están llamados a trascender en el tiempo». Para ello, consideraba que el amor debe reposar sobre cuatro pilares: pasión, amistad, sacrificio y oración. Pasión, pues no podemos concebir un amor humano sin una atracción sexual recíproca, asumida, coronada y superada por el espíritu. Pero para que el amor sea duradero exige una comunión mucho más profunda que no se logra con la mera pasión. debe existir entre los amantes una amistad que los enseñe a respetar y admirar al otro, que los incite a penetrar en el alma del otro, que los llene de un hambre nunca colmada de conocerse mejor el uno al otro, y de conocer juntos el incesante mundo.
Pero un amor sólo es grande y duradero en la medida en que lo nutren las decepciones y dolores sembrados sobre su camino. Desconocer lo que hay de positivo y fecundo en el dolor es la tara principal de nuestra generación. El amor, para ser de veras grande y duradero, necesita también nutrirse con sacrificios. No hay amor duradero sin sacrificio mutuo, sin esfuerzo para superar las decepciones, la monotonía, los respectivos egoísmos, sin paciencia para soportar las miserias e imperfecciones del otro. Y por último, concluye Thibon, el amor tiene que conjugarse y amalgamarse con el amor eterno. quien ama de verdad acoge al ser amado no como un dios, sino como un don de Dios; no lo confunde nunca con Dios, pero no lo separa nunca de Dios. Para amar a un ser finito, con todas sus miserias e imperfecciones, es preciso amarle como mensajero de una realidad que le sobrepasa, de una plenitud divina.
Como escribía Dante, al referirse a Beatriz: «Ella miraba a lo alto y yo la miraba a ella».